valiente ocurrencia

Yo es cobarde y plano. Casi Yo es mucho más valiente y de vez en cuando se rasca la coronilla. Bienvenidos a las ocurrencias de Casi Yo.

Nombre:

martes, junio 13, 2017

El flaco de Trafalgar

Ya me habían hablado del Levante, pero no pensaba que fuera para tanto. Aquello no era un viento, era un castigo, como si Dios quisiera movernos a soplidos y dejarnos en medio del Atlántico, lejos de una Europa que no nos merecemos. Porque creo que somos europeos, pero poco. Ya no te digo allí, en el cabo Trafalgar, viendo la ropa tendida de los africanos, que casi la puedes tocar, sino en Fuenlabrada, donde tengo que vivir todos los días de mi vida. A tres pasitos de Madrid y a mil años luz de Europa. Es que hay algo cutre en los españoles. Llevamos la boina tatuada en la frente. Hasta los chinos de mi polígono tienen un aire más moderno que nosotros. Se les ve más preparados, más... ¿cómo se dice eso? Cosmopolitas, coño, que no me salía la palabra. Los chinos son internacionales, pero los de aquí somos de aquí y no valemos para otra cosa. Vamos, que europeos, lo que se dice europeos, no somos. Europeos son los franceses. Me acuerdo de cuando estuve allí con Ana. Aquello era otro mundo. También era otra vida. París es un buen sitio para empezar algo. Para acabarlo, basta con Fuenlabrada. 
Ana se fue y tocaba olvidar. "Déjate de hostias y vete a Cuba", fue la recomendación de Oscar, el fresador. "Te hinchas a follar y verás cómo dejas de pensar en ella". Estaba yo para mulatas. El Sito, que tiene más sesera, me dijo que por qué no me iba a Cádiz a mirar el mar, a dejar que el viento se llevara mis malos rollos. "Porque es enero", podría haberle respondido, pero entonces no sabía que en el sur también hay invierno. Al final me vi en un hotel vacío, y después en una playa desierta, grande como mil campos de fútbol, con un frío de pelotas y un viento que me quería arrancar la cabeza. Eso sí, el sitio era bonito. Jamás pensé que un estrecho pudiera ser tan ancho para los ojos. Delante de mí, un mar infinito, con una banda de tierra que te decía "de aquí para atrás está toda África, ¿cómo te quedas?". Pues me quedé triste al verme tan solo en medio de aquellas inmensidades. Hubiera matado por compartir un momento así con cualquiera. Empecé a caminar hasta el faro, con el alma más negra que antes de llegar. Estaba más lejos de lo que parecía. Saqué un cigarro, como si fuera a ser capaz de encenderlo en aquella ventolera. Otra frustración. Con el pitillo queriendo volarse de mis dedos, llegué al faro de Trafalgar, una torre blanca, enorme, que se pasaba el Levante por el arco de entrada y por el de salida.
Allí estaba él. Un tío alto, flaco, ceñudo, con una nuez que bailaba en su gañote reseco y unos ojillos entornados que se bebían el mar a pestañeos. Me paré a su lado. No me hizo ni puto caso. Le pedí fuego y me alargó un mechero de gasolina. Tipo listo. Siguió pasando de mí un rato largo, hasta que me preguntó qué hacía allí. Había desconfianza en sus palabras. Yo le dije que había ido a olvidar.
–Pues yo he venido a recordar.
No le pregunté el qué, pero me lo contó igualmente. Empezó a hablar del horror que había contemplado aquél faro, cuando el mar no se tragaba pateras, sino flotas imperiales cargadas de cañones y marineritos reclutados a la fuerza. El hombre se vino arriba y elevó la voz contra todos los gobiernos de España, los de antes y los de ahora, acusándoles de no tener cojones para enfrentarse a la guerra como es debido. "Siempre a la defensiva, recibiendo plomo por la espalda, sin honor y sin gloria". Creo que el viento le había atizado más de la cuenta. Pobre. Llegó a contarme que gracias a aquella batalla, él había recibido la medalla al Mérito Naval.
–Ah, ¿que combatió usted allí?
Me dijo que si era gilipollas, y entonces tuve que hacer una comparativa entre mis manos de tornero y su pescuezo de polluelo. Estaba tan loco que no se asustó una mierda. Aún así me pidió disculpas. Más que eso.
–A una mujer hay que olvidarla como un hombre. A lingotazo limpio. Te invito a una copa.
Me llevó a una tasca desangelada, de las que solo brillan cuando están repletas de chusma playera. Al tercer whisky, se puso a despotricar. Tenía para todos, para el infame imperio británico, cuna de piratas y negreros, para nuestros políticos pasados, presentes y futuros, unos mangantes todos, para la cobarde civilización occidental, que se dejaba acojonar por los yihadistas... y mira por dónde, en ese momento llegan dos inglesitas en traje de neopreno. "Vamos a hacer con ellas lo que Nelson le hizo al Bahama", me dice el flaco, y se lanza al ataque como un tiburón tuerto, de aleta zigzagueante. Le mandaron a la mierda y volvió a la mesa. Un minuto después entraron los novios, dos hooligans de metro noventa. Mi compañero de melopea no se achantó. Menudo era él. Sin moverse de la silla, les soltó una andanada de insultos en castellano y en inglés, por si no se daban por aludidos. Según él, no tenían ni media hostia, pero yo pasaba de estar allí cuando aquellos animales se levantaran del taburete. Me inventé cualquier excusa y salí por patas, sin pagar y sin despedirme. Como una fragata de sesenta cañones, el pirado aquél tenía munición de sobra para disparar mierda a babor y a estribor.
–¡Picha floja, cagueta! ¡Igualito que Villeneuve!
Mis nociones de Historia son nulas, las justas para saber que es mejor tener una placa en la que diga "aquí corrió" que otra con la inscripción "aquí murió". ¿Cagao? Sí, pero con dientes. Al día siguiente leí la noticia: Arturo Pérez-Reverte, agredido por dos súbditos británicos. Ahí me enteré de quién era el flaco de Trafalgar. Un escritor muy famoso. Un personaje de la hostia.


anuncios evisos contador de visitas
contador de visitas