valiente ocurrencia

Yo es cobarde y plano. Casi Yo es mucho más valiente y de vez en cuando se rasca la coronilla. Bienvenidos a las ocurrencias de Casi Yo.

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martes, noviembre 01, 2016

Bajo la cama

Si en treinta años no había vuelto a pisar la casa de mis abuelos, era por algo. Y al verme allí de nuevo, ante la cerradura oxidada, sentí el impulso de girar sobre mis talones y salir corriendo. Pero no hay mayor terror que el miedo a vernos ridículos, a no ser lo bastante hombres. Yo, que había sobrevivido al desamor y la bancarrota, no me iba a echar atrás por un recuerdo infantil. Tampoco me quedaba otra. Era la vieja casa del pueblo o la calle. Así lo habían decidido todos los ex de mi vida. Mi ex mujer, mi ex socio, que ahora duerme con ella en mi ex casa, mis ex amigos y mi ex banco.

Nadie parece dispuesto a aceptar el hecho de que algunas personas no soportamos la sobriedad. Y de la misma manera que yo admiro la gallardía con la que os negáis a poner un filtro de dorada confusión entre vuestros cerebros y la realidad, vosotros deberíais entender que yo no puedo hacer la más mínima cosa sin haberme tomado un par de copas. Así que si creéis que iba a regresar a la casa de mis pesadillas sin agarrarme una cogorza de campeonato, estáis locos de remate.

Tuve suerte. El autobús me dejó en la plaza del pueblo, justo al lado del bar. Al segundo trago apareció el vecino de mis abuelos. El pobre hombre llevaba décadas custodiando la llave de una casa a la que nadie había querido asomarse.

– No está perfecta, pero puedes vivir en ella –me explicó–. De vez en cuando entramos la Rosario y yo para limpiar un poquino. Y al final del verano arreglé el tejado, asín que no hay gotera ninguna.

– ¿Qué te debo?

Se ofendió. Había hecho por mis abuelos lo que ellos hubieran hecho por él. Para desagraviarle, le invité a beber. Y ya puestos, al resto del bar. Pero en aquella tasca no aceptaban tarjeta de crédito. Empezábamos mal. Al final el vecino tuvo que hacerse cargo de la cuenta, más una última ronda a la que invitó porque le daba la gana. Era un hombre de los de antes.

Sería la una de la noche cuando me dejó ante la puerta. Estábamos bastante borrachos y nos despedimos como dos amigos de toda la vida. Entre el miedo, la melopea y la herrumbre, necesité un buen rato para accionar la cerradura, pero finalmente entré. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. La casa seguía igual que siempre. Humilde, enjalbegada, anacrónica. La puta choza de Hänsel y Grettel. Salí a llenar un cubo de agua y la borrachera desapareció del todo. Hacía un frío de muerte, pero no tenía el ánimo para ponerme a encender la chimenea. Tampoco pude acurrucarme en la alcoba de mis abuelos, porque el vecino la había convertido en un cuarto de herramientas.

No tenía más remedio que subir al pequeño dormitorio de la buhardilla.

Afortunadamente encontré una botella de aguardiente sobre la repisa. Rellené las reservas de coraje hasta un nivel que me permitió subir las escaleras. El sonido de cada uno de mis pasos atronaba como un presagio. Cuando vi la camita infantil, los recuerdos acudieron a mi mente con fidelidad fotográfica. Parecía que no habían pasado treinta y cinco años desde la primera en que la Voz me habló. Yo me había acostado a la hora en que los niños de ocho años se van a la cama, y a las tres de la mañana el frío me despertó. Me incorporé para tirar de la colcha, pero ella insistía en no moverse del sitio. Entonces lo comprendí. Alguien la estaba sujetando desde debajo de la cama. El miedo que sentí es indescriptible. Volví a tumbarme y comencé a rezar en alto. Al final del padrenuestro, la Voz retumbó "Amén". Mis gritos tuvieron que oírse en toda la comarca. Recuerdo a mi abuelo irrumpiendo en la habitación con los calzoncillos largos y la escopeta en la mano. Parecía salido de una película del oeste. Encendió la luz, miró debajo de la cama, en el armario, por la ventana... y allí no había nadie. Sin embargo, yo sabía que no se trataba de alguien, sino de algo. "Anda bolo, duérmete, que ha sido un sueño". Obedecí. Y a la noche siguiente la Voz me volvió a hablar. Pronunció mi nombre. Yo me hice el dormido, pero aquél hombre, o monstruo, o fantasma o lo que fuera estuvo toda la noche llamándome. A la tercera madrugada decidió ir más allá. Eran de nuevo las tres en punto cuando una carcajada atroz invadió el cuarto, al tiempo que una fuerza sobrehumana empujaba el colchón desde debajo de la cama, haciéndome botar como un pelele. Bajé al dormitorio de mis abuelos y no me separé de ellos hasta que mis padres vinieron a buscarme.

De aquello habían pasado más de tres décadas y yo tenía que volver a dormir en la misma cama. Vacié la botella y aún así no pude pegar ojo. Cada treinta segundos miraba el reloj, aterrado ante la inminencia de la hora fatal. A las tres menos cinco creí que me iba a dar un infarto. Crucé las manos sobre el pecho y esperé, temblando como conejo, a que la Voz me nombrara. Pero no lo hizo. Ni a las tres ni a las cuatro. Pasé toda la noche en vela, con mis sentidos en alerta, y al alba tuve que reconocer que la Voz también me había abandonado. No sé por qué, pero sentí cierta decepción, como si ni yo pudiera creer en un terror que había crecido conmigo. Resignado a no dormir, me levanté. Un impulso extraño, acaso la necesidad de zanjar aquel asunto de una vez por todas, me empujó a hacer algo de lo que jamás me hubiera creído capaz. Arrodillado en el suelo, aparté la colcha y metí la cabeza debajo de la cama.

– No estoy ahí –me dijo la Voz.

lunes, mayo 11, 2015

La mano que te alimenta

Seré tu siervo mientras me des el pan,
aunque sé que te quedas con el jamón.

Pero si me quitas hasta las migas,
¿cómo evitaré ser tu enemigo?

jueves, mayo 07, 2015

Treinta y tres monedas traidoras

Con el tintineo culpable de las monedas atronando en la faltriquera,
atraviesa Judas los cantorrales con un tran tran intranquilo en la cabeza.

Se extraña de sorprenderse pensando en Mao Tse Tung,
"apalea a tu padre, denuncia a tu maestro".

Qué trabajo curioso el del traidor,
esperando siempre a que la Historia le tache de revolucionario o de rata.

La estratagema de Judas es ser desleal y mártir al mismo tiempo.

Recorre los andurriales del arrabal, entre el tráfico de burros y carretas,
y al otro lado de la calle se topa con su destino:

"Quiero treinta y tres metros de soga de pita trenzada",
solicita al hombre que atiende el mostrador de la ferretería.

"Son treinta y tres monedas, por favor".

Judas sale a la calle con la faltriquera vacía,
pero el tintineo culpable sigue atronándole los oídos.

Atraviesa otra vez el trajín atrabiliario del tráfico,
ataja por los huertos y en lontananza atisba su meta,
la higuera más altanera del todo el territorio.

Ata la soga de pita trenzada a la rama más alta,
y se anuda el otro extremo a la altura de la tráquea.
Contiene el hálito, se santigua y salta.

Con el tintineo culpable de las monedas aún retumbando en su corazón,
Judas se balancea a la sombra terrible de la tremenda higuera,
y abandona este mundo para mayor gloria del Santo Arrepentimiento,
el pilar fundamental de la fe de nuestros ancestros.

A la noche siguiente, el cristianismo se cobra su segundo mártir.

martes, noviembre 25, 2014

Estúpido y extinto

Luego vendrás con que no lo sabías,
y no hay nada en este mundo
que no te grite lo imbécil que eres
y lo mal que vas a acabar.

O dejas de correr
o te quitas la venda de los ojos,
animal ridículo y sin alas.

martes, mayo 27, 2014

Los últimos hombres

Los que sobrevivimos a la guerra
seguimos viviendo por puro instinto.

Tuvimos muchos hijos
para reforestar la humanidad talada,
trabajamos duro,
bebimos y fumamos con rabia,
sin pensar en la salud.

Muchos llegaron a viejos
y redoblaron el ritual suicida
chato va, chato viene,
siempre con un pitillo en los labios.

Alguno vive aún,
sorprendido por la persistencia de la vida.
Qué holgazana es la muerte
cuando quiere.

viernes, diciembre 27, 2013

El Apocalipsis según Santa Claus


Devorado por la vanidad y la codicia
el ser humano se entrega a su carnaval
de vientres hinchados y culos ventosos.

Las tiendas están llenas y los corazones vacíos.
En el comedor social hoy dan pavo y turrón,
podemos dormir todos en paz.

Paz y amor son las consignas del día,
pobres prostitutas.

Reunidas alrededor de la mesa,
las familias se sacan los ojos
con su mejor cubertería. Santa Claus
los redimirá con el perdón de los regalos.

El estatus se envuelve en papel de colores.
Este juego, como todos, lo gana
el que tiene el paquete más grande.

Mientras, en su trono de calaveras
Satanás se descojona.
Cuando el anciano genocida del Sinaí
venga a destruir su obra
no encontrará nada que juzgar.

El hombre hace siglos que no tiene alma.

sábado, septiembre 14, 2013

Ciclistas




Un ciclista en la ciudad
es un surtidor de moralidad advenediza,
un grano en el culo,
como una monja en la mansión Playboy.

Con maestría clerical
te juzgan, te acomplejan y te aterrorizan
haciendo sonar sus timbres para que saltes de la acera
y mueras atropellado por un coche.

Los ciclistas están por encima de tu muerte.
Los coches son culpa tuya, por no tener bici.

Los ciclistas quieren que todos tengamos bici,
que formemos una plaga a pedales,
una turba justiciera que arrase con coches y peatones.

Los coches contaminan y los peatones somos gilipollas.
Solo los ciclistas pueden llamarse seres humanos,
con sus brazos bronceados y sus piernas terroríficas,
con su aspecto siempre primaveral, siempre saludable.

Dan miedo.

Una bicicleta no es un vehículo, es un dedo acusador,
la prolongación de una mente responsable y solidaria.

Una bicicleta es un arma contra la pasividad de los peatones.
Los peatones tenemos que elegir, o bicicleta o coche,
o con los ciclistas o contra ellos.

Ya no hay sitio en este mundo para los neutrales.
En realidad nunca lo ha habido.



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