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Yo es cobarde y plano. Casi Yo es mucho más valiente y de vez en cuando se rasca la coronilla. Bienvenidos a las ocurrencias de Casi Yo.

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domingo, agosto 07, 2011

¡El milenarismo!

Todos recordamos aquellas imágenes de Fernando Arrabal borracho como una cuba en aquél programa moderado por Sánchez-Dragó, allá por los ya lejanos ochenta. Todos nos hemos reído mucho viendo cómo se caía al suelo al grito de "¡el milenarismo, cojones ya!", pero pocos se han parado a pensar en la gran verdad que aquél Arrabal empapado en alcohol estaba soltando por la boca.

Y es que estos aires de cambio tan rabiosamente actuales ya existían por aquél entonces, y solo el genial Arrabal parecía verlos. ¿Era el milenarismo lo que iba a cambiar el mundo? No lo sé, pero el caso es que pocos años después del desternillante espectáculo del escritor tambaleádose por un plató lleno de señores muy serios y sesudos, el muro de Berlín cayó. Apenas quedaban diez años para el cambio de milenio, y la guerra fría se terminó de un día para otro.

Aquello se interpretó como una gran mejora para la Historia de la humanidad. El mundo ya no estaba dividido, los Estados Unidos habían ganado una guerra desde la seducción ideológica, sin necesidad de desencadenar una catástrofe nuclear. Todo el mundo creyó captar el mensaje: el imperio americano había consolidado por fin su hegemonía, y bastaba estar en buenas relaciones con Washington para sentirse tranquilo. El mundo se había convertido en un gran mercado global y homogéneo, y todos contemplábamos extasiados un Moscú lleno de McDonald's y concesionarios de coches de lujo.

Lo que ocurre es que cuando en Europa y Estados Unidos decimos todo el mundo, cometemos el error de referirnos a Europa, Estados Unidos, Oceanía, un par de países americanos y otro par de países asiáticos. La prueba de esa equivocación fue la pesadilla del 11-S. Un nuevo telón de acero se alzó un poco más al este y al sur. El enemigo ya no era el gigante soviético, sino un puñado de integristas armados y peligrosos, pero pobres y sin arsenal nuclear. Nada que no pudiese aplastarse con una misión internacional a gran escala. El mundo globalizado tenía toda la legitimidad para reducir los últimos rincones por uniformizar. De paso, no venía mal abalanzarse sobre las impresionantes reservas de petróleo del único malo (junto a Fidel Castro) que quedaba desde antes de los atentados de Nueva York.

Estados Unidos estaba de enhorabuena. Por fin había una causa ideológica que justificase su liderazgo mundial. Todos los países de corte occidental estaban dispuestos a seguirle en lo político, lo militar y, por supuesto, en lo económico. El optimismo americano era contagioso, y si ellos se entregaban al frenesí inmobiliario, los demás también. Nadie tenía problemas para entregar una hipoteca sin garantías, porque la garantía era la inflación salvaje del propio bien hipotecado. Por la misma razón, nadie temía contratar una hipoteca que a duras penas podía pagar, porque siempre le quedaba el recurso de esperar un par de años para vender la vivienda por el doble del valor del préstamo, liquidar la deuda y aún obtener ganancias.
Tanto dinero moviéndose tan deprisa hizo que surgieran fortunas de la noche a la mañana. Ya no eran necesarios verdaderos emprendedores, corredores de fondo que creasen empresas hechas para durar y para prestar un servicio a la sociedad. Bastaba con comprar y vender inmuebles, o con ofrecer servicios más o menos efímeros y lujosos a los que se enriquecían con la fiebre del ladrillo.

Sn embargo, nadie esperaba que una campaña que iba a conceder a Estados Unidos y sus aliados el control definitivo del petróleo mundial, iba a enquistarse hasta convertirse en un apocalipsis en el que todos han perdido mucho y nadie ha ganado nada. Eso, unido al hecho de que el mercado no podía absorber eternamente el despiporre inmobiliario, fue el desencadenante del principio del colapso económico del imperio americano, un abismo que los estadounidenses percibieron hasta el punto de animarse a elegir por primera vez un presidente negro. Eso hubiese sido impensable en el anterior milenio.

Y bien, si los Estados Unidos descubrieron que no eran capaces de hacer que sus ciudadanos siguieran vendiéndose casas entre sí, ni de conseguir apropiarse el monopolio petrolero, ni de exportar otra cosa que bombas y balas, ¿qué pasó con sus imitadores más entusiastas, como la España de Aznar? Ahí viene una nueva vuelta de tuerca en la metamorfosis milenarista, la que estamos viviendo ahora mismo. De una situación que, como vemos, viene de antiguo, todos hemos decidido señalar a un único culpable: el gobierno de Zapatero.

¿Podría el ejecutivo del PSOE haber gestionado mejor la crisis? Indudablemente, pero es más que probable que ya no tenga posibilidad de enmendarse. Ése partido está tan herido que dudo mucho que vuelva a gobernar en bastante tiempo, lo que me hace pensar en sus opositores y en lo que proponen.

El actual gobierno tiene dos duros adversarios. Uno es el de siempre, el Partido Popular. Y desde el PP piensan que la crisis es reponsabilidad exclusiva del PSOE, que las empresas y los inversores tienen un potencial que no se atreven a desplegar hasta que no haya un nuevo ejecutivo que favorezca su actividad flexibilizando el mercado laboral. Reconozco que no he leído el programa popular, pero algo me dice que esa flexibilización consistirá más bien en precarizar tanto el empleo como las condiciones en que la gente se quedará sin empleo. Pero no sé si se han parado a pensar que las personas que no trabajan o que lo hacen con un salario raquítico, dejan de ser consumidores. Es decir, corremos el riesgo de hacer que las empresas saneen sus plantillas y se hagan más atractivas para los inversores, pero que no encuentren a casi nadie con suficiente poder adquisitivo para comprar sus productos y servicios.

De eso sí se han dado cuenta los nuevos opositores, los llamados indignados, porque ellos sí saben que han sido expulsados del mercado, que ya no tienen dinero ni para pagar bienes tan esenciales como la propia vivienda. Pero el problema de los indignados es que tienen clarísimos sus problemas, y sin embargo son profundamente ilusos a la hora de proponer soluciones. Es normal. Nadie, ni los partidos políticos, ni los economistas, ni la patronal ni los organismos internacionales son capaces de encontrar una solución, y sería milagroso que un movimiento tan indefinido como el 15M diese con ella. Proponen medidas necesarias pero insuficientes, como que se reduzca la principesca remuneración de los cargos públicos. Exigen con bastante criterio que se reforme la ley electoral, con la esperanza de inclinar hacia la izquierda el Parlamento, de forma que se refuerce el sector público y por tanto el gasto del Estado, sin pensar que las arcas públicas son finitas. También piden un plante a la islandesa frente a un sistema financiero que ya tiene el grifo del crédito lo suficientemente cerrado.

En resumen, tenemos dos tipos de propuestas para afrontar la segunda década del milenio. La del PP consiste en confiar en la eterna receta liberal: levantar la mano al sector privado y esperar a que la economía se reajuste sola. ¿Ocurrirá? No lo creo. La apuesta de los indignados, por el contrario, consiste en exigir una omnipresencia de lo público, sobre todo del empleo púbico, sin pararse a pensar que el dinero del Estado proviene de la riqueza que cada uno obtiene a título privado. Hablando en plata, creo que aquí se equivoca todo el mundo.

Y entonces, ¿qué hay que hacer? Lo siento, pero no lo sé. Yo sólo soy un creativo publicitario (poeta a ratos), y eso me define como una persona con un pensamiento necesariamente fantasioso y superficial. Lo que sí me atrevo a decir es que, en mi opinión, el milenarismo del que hablaba Fernado Arrabal nos está haciendo más huella de lo que parece. Está claro que necesitamos un cambio en nuestras circunstancias, pero es aún más evidente que tenemos que transformar nuestras mentalidades.

El dinero seguirá siendo lo que mueva el mundo –siempre ha sido así–, pero cada vez está más claro que para eso todo el mundo tiene que tener algo en el bolsillo. Y la única manera de conseguirlo es que todos renuncien a algo: los inversores tendrán que renunciar a parte de sus dividendos si quieren seguir teniendo compañías en las que invertir, las empresas tendrán que ser más generosas con sus empleados si quieren seguir teniendo consumidores para sus productos, y los trabajadores tendremos que perder algunas de las conquistas de nuestros padres si queremos dejar algo a nuestros hijos. En cuanto a los gobiernos, deberán ser capaces de arbitrar, regular y garantizar la justicia y equidad de ese proceso.

De la realidad de los últimos meses saco una conclusión muy positiva: todo el mundo se equivoca, precisamente porque todos tienen un poquito de razón. Lo bueno es que creo que no hay nadie que no esté de acuerdo en que las cosas tienen que cambiar. Es un gran comienzo. Ahora, dejemos de gritarnos y empecemos a hablar.

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